El 12 de febrero del 2021 finalmente mi “Tocayo” – el apodo que le endilgué -, y hermano de muchas y muchos, dio el paso liberador, cuando el cuerpo le dijo basta. A pesar de sus prolongados dolores físicos, me lo imagino con la sonrisa mansa y apacible con la que lo conocí; y brillaba cada vez que nos encontrábamos en este peregrinar por caminos de fraternidad y justicia.

Luis Basilio Coscia nació en Peyrano, en la provincia de Santa Fe, un 16 de septiembre de 1933, en un hogar campesino, hasta que sus padres probaron mejor suerte en la ciudad. De familia católica, su madre empujó para que a los 11 años continuara sus estudios en el seminario de los capuchinos, buscando el progreso de su hijo.  Cuando lo fue a visitar, a los quince días, el todavía niño le dijo que le gustaba el lugar y allí se quedaría. Aunque el régimen disciplinario era estricto y no había tantas cosas que lo entusiasmaran en su niñez, se fue aquerenciando en aquella nueva y numerosa familia de los Frailes Menores. La mayoría de sus compañeros fueron abandonando, pero los lazos de amistad que construyó, los mantuvo hasta el final. Así pasó también más tarde con el grupo de frailes, con quienes disfrutó de amistad, compañerismo y fraternidad, aunque los destinos pastorales no siempre coincidieran. Esa “comunidad capuchina”, dispersa en lo geográfico, nunca formalmente constituida, se consolidó en la opción común por los pobres, que despertó con fuerza desde la renovación conciliar (1962-1965), rescatando lo más genuino de la espiritualidad franciscana, aunque muchos miembros de la misma Orden religiosa, no siguieran por esa senda. Me parece importante destacar esta pertenencia comunitaria de los frailes que mantuvieron fidelidad y compromiso, más allá de la persecución y contrariedades que les tocó vivir. No se trataba de opciones solitarias o individualistas, sino la vivencia de aquella iglesia soñada por San Francisco de Asis.

Luis Basilio fue ordenado sacerdote el 13 de septiembre de 1958. Y siguió en Roma estudios de teología y ciencias sociales en la Universidad Gregoriana, hasta 1961. De su paso romano recordaba especialmente la entronización del Papa Juan XXIII y sus primeros gestos de sencillez, que presagiaron la propuesta de “una Iglesia pobre para los pobres”, extendida en el Concilio Ecuménico Vaticano II. De regreso al país atendió colegios y parroquias en diversos lugares del país encomendados a los capuchinos.

En 1978, durante tres años, a Luis Coscia le tocó acomodar la tierra arrasada por la dictadura militar en Los Llanos de La Rioja. Fray Eduardo Ruiz había recuperado su libertad pocos días antes del crimen del obispo Angelelli y fue llevado al exilio.  Varios frailes partieron al exilio interno. Pero la presencia de la comunidad capuchina siguió en La Rioja, asistiendo a los pobres, fomentando la solidaridad y alentando las conmemoraciones martiriales de cada año en Punta de Los Llanos, Chamical y Sañogasta, junto a los pocos que se atrevían a semejante afrenta, no dominados por el terrorismo de estado.    

BASILIO

Descubrí su segundo nombre, que siempre mantuvo en reserva, cuando leí sus testimonios en las causa judicial que investigó el crimen del obispo Enrique Angelelli, y en la canónica, para su beatificación. Angelelli lo había impactado ya en los años en que coincidieron en Córdoba, desde 1963. Uno como obispo auxiliar y el capuchino como responsable de los estudiantes que cursaban la teología en el Seminario Mayor, entre los que estaba Sebastián Glasmann, que formaría parte también de esa Fraternidad misionera que marcó a la Orden de los Frailes Menores, no sin conflictos y adversidades. Esa relación Obispo y Fraile se fortaleció en el tiempo, cuando los capuchinos aceptaron la invitación a integrarse a la diócesis riojana y asumir responsabilidades pastorales en Olta, Ulapes, Chepes y otras poblaciones de Los Llanos de La Rioja. Por allí anduvieron Marcelino Leyría, y José Brans. En 1972 estuvo el cordobés Carlos Bustos, que en la Pascua de 1976 fue secuestrado cuando iba a celebrar el viernes santo en la parroquia Nueva Pompeya, y fue torturado y eliminado en el centro clandestino de detención Club Atlético, de Buenos Aires. También Francisco Canobel, uno de los primeros, al que como Decano de la zona le tocó cubrir en Olta a Eduardo Ruiz y Pedro Venturutti, detenidos en 1976. Y luego acompañar al franciscano conventual Carlos Murias, a la sede de la Base Aérea, cuando fueron citados por el Vicecomodoro Lázaro Aguirre. Vivencias compartidas por nuestro amigo y hermano Luis Coscia. Porque con regocijo recordaba que desde fines de junio hasta mediados de julio de ese año había estado en La Rioja, invitado por el obispo Angelelli a predicar la novena de invierno de San Nicolás, en la Iglesia Catedral. Y con él habían recorrido parroquias, como la de Chamical donde confraternizó con Gabriel Longueville y Carlos Murias. Aquellos días, aquellos caminos le permitieron ser caja de resonancia de confidencias del Pastor perseguido.

La pastoral diocesana había sido incorporada con profundidad por la Comunidad capuchina. Antonio Puigjané, Marcelo Kippes y Jorge Danielián fue el trío que a fines de 1972, luego del conflicto con el Arzobispo Antonio Plaza, se radicó en Suriyaco con Arturo Paoli. Los días de retiro y oración, sin embargo se interrumpieron cuando el obispo Angelelli les pidió que ayudarán al anciano párroco de Anillaco, Virgilio Ferreira, que luego se declaró en rebeldía y avaló a los terratenientes en la expulsión a pedradas del obispo, frailes y monjas en las fiestas patronales de San Antonio en junio de 1973.

Fue este año cuando el superior general de los capuchinos con sede en Roma, Fray Pascual Rywalski viajó a La Rioja para hacer explícito el apoyo a la pastoral diocesana que impulsaba el obispo Angelelli. El mismo apoyo que recibió del superior general de los jesuitas, P. Pedro Arrupe; y otros y otras superiores de congregaciones religiosas radicadas en La Rioja.

Con el hermano y amigo Luis Basilio gozamos, sentados a la par, en Punta de Los Llanos, en abril del 2019, durante la misa concelebrada por la beatificación de los mártires riojanos. La misma sonrisa, la misma serenidad. ¡Celebrábamos la resurrección! Alguna voz más piadosa que nosotros, nos advirtió que debíamos acompañar la ceremonia con más devoción. Fue nuestro último encuentro en tierra riojana; aunque después apelé a su memoria para reconstruir otro hecho importante para la vida de la Iglesia latinoamericana, que lo tuvo como especial protagonista.

PROYECTO PALABRA VIDA

Hasta pocos meses antes de su Pascua, cuando sus fuerzas se iban agotando y ya no podía escribir, recibí sus respuestas en audio por whatsaap reconstruyendo lo vivido y padecido como presidente de la CLAR (Conferencia Latinoamericana de Religiosos y Religiosas). 

Fray Luis fue designado Superior Provincial de los capuchinos en 1984. Y al mismo tiempo fue elegido presidente de la CAR (Conferencia Argentina de Religiosos). No fueron reconocimientos gratuitos, porque los asumió con la responsabilidad y desafíos que exigían el momento histórico. En 1989 la CLAR (Conferencia Latinoamericana de Religiosos y Religiosas) lo eligió como presidente. Las congregaciones religiosas en el continente asumieron la iniciativa de la CELAM ante la conmemoración de los 500 años de la primera evangelización, para debatir iniciativas. “Hubo de todo tipo – nos dijo Luis – Desde los que proponían hacer camisetas alusivas, hasta un Instituto de Misiología. Desde cosas simples y quizás poco evangelizadoras hasta propuestas más profundas. Hasta que el padre Edenio Valde, que también era sicólogo, preguntó a modo de propuesta: ¿Y si le devolvemos la Palabra al pueblo? Y eso quedó como lluvia de ideas, de iniciativas. Y la CLAR dijo, eso lo podemos hacer nosotros, devolverle la palabra al pueblo. (…). En la Asamblea de la CLAR en Cochabamba (Bolivia) con la participación de todos los presidentes de las Conferencias de Religiosos de América Latina, a propuesta de un religioso pasionista de Argentina y otros, me promovieron y fui elegido Presidente de la CLAR, que para mí fue una sorpresa. En esa misma Asamblea se distribuyó el Proyecto Palabra-Vida, el primer libro, que era la introducción de los siete volúmenes que se publicaron. En la introducción se especificaba que estaba destinado a la vida religiosa y lo que significaba trabajar la Palabra de Dios en América Latina. Al poco tiempo vino una implacable reacción desde Roma contra ese Proyecto. Y en América Latina, uno de los enemigos más grandes contra la CLAR fue el arzobispo Alfonso López Trujillo (de Colombia). Se opusieron y dijeron que contenía muchos errores. Y lo mandaron al Dicasterio de la Fe, en Roma, presidido por Ratzinger. Comienzan las idas y venidas. Me llamaron de Roma. Me demoré uno o dos días en viajar por compromisos adquiridos. Y allá me reprocharon no haber ido inmediatamente. (…). La publicación de este Proyecto fue decisiva para la intervención de la CLAR. Yo estaba de Presidente y era responsable de la publicación. Desde el principio quisieron cortarlo de raíz. Pero se pudo implementar. Fue la fuerza motora que impulsó a las Conferencias de Religiosas/os de todos los paises de América Latina. Las Conferencias nacionales estaban esperando algo así. Y cuando fue prohibido, todas se dedicaron a difundirlo. (…). Muchas y muchos se sintieron fortalecidos en eso de devolver la Palabra al Pueblo.”

Esta mirada simple, positiva, sencilla y esperanzada para relatar un conflictivo proceso que padecieron las religiosas y los religiosos latinoamericanos por el autoritarismo romano, pinta de cuerpo y alma al fraile capuchino, capaz de decir las verdades más duras con afecto y sin dramatismos. El mismo fraile que cuando a su amigo y hermano Antonio Puigjané lo involucraron en un hecho de violencia con mucha repercusión mediática, supo acompañarlo fielmente, moviendo cielo y tierra, para aliviar aquel calvario que duró muchos años, hasta que Fray Antonio recuperó su libertad. No era fácil en el contexto político de 1989 reclamar un proceso judicial transparente que hiciera justicia con Antonio. Y obtuvo muchos apoyos de diversas partes del mundo. Afirmando que “la violencia engendra violencia y deja una herida histórica muy difícil de curar”, reivindicaba el derecho a las opciones políticas: “No se puede ser persona, y no ‘hacer política’, porque incluso cuando nos callamos frente a determinadas situaciones estamos eligiendo una determinada política. (…). Negar la participación política es una postura política reaccionaria.” Y así acompañó en los momentos más difíciles a su antiguo maestro y gran amigo Antonio.

A los 87 años Fray Luis Coscia se fue al encuentro de sus hermanos de la comunidad capuchina que partieron antes que él. Y de tantos y tantas otras y otros de la gran familia franciscana, siempre abierta al ecumenismo que también demostró cuando desde el 2005 presidió la Asociación Ecuménica Martin Cunz, en homenaje al abnegado pastor luterano que conoció bien de cerca.   

Es probable que no sea fácil levantar la bandera individual del testimonio de vida, servicio y compromiso del fraile capuchino Luis Basilio Coscia. No fue su estilo. Optó por integrarse a una comunidad de frailes menores, una fraternidad misionera, queriendo ser el menos destacado, el más servicial. Y ferviente promotor en rescatar la vida, palabra y obra de aquella pequeña e itinerante comunidad capuchina, del grupo de frailes que se comprometieron con los pobres y padecieron la persecución política, y en varios casos también la de algunas cúpulas eclesiásticas. Y aunque, desde donde está, Fray Luis esboce su característica sonrisa imaginando mi escrito, sin duda su memoria sólo será completa cuando esté unida a sus cofrades. Y nos ayude a construir lazos de fraternidad, aún en las dificultades. Porque sin unidad es más difícil la vida de los pobres.

17 de febrero de 2021

Luis ‘Vitin’ Baronetto