“Cuando una Iglesia es fiel a su misión confiada por Cristo debe ser perseguida y ser signo de contradicción; porque así también lo enseña la fecunda tradición que ella tiene y viene desde la Cruz de Cristo”. Enrique Angelelli, Homilía, 25-08-1974.

Desde el principio

Tensiones y conflictos vivió Enrique Angelelli desde su temprana opción por los pobres, que concretó desde 1953 en su asesoría de la Juventud Obrera Católica (JOC). Después del agudo enfrentamiento de la Iglesia Católica con el presidente Perón, que acabó con su derrocamiento, en 1955, el P. Angelelli fue uno de los firmes impulsores de la reconciliación de la Iglesia con los obreros, relación muy resentida a raíz de la identidad mayoritariamente peronista de los trabajadores. Desde la revista “Notas de Pastoral Jocista” se reflejaron las incidencias del mundo obrero en las nuevas realidades sociales y su fuerte repercusión en la institución eclesiástica. El cardenal Antonio Caggiano acabó por “sugerir” en 1958 el cierre de la revista, donde el padre Angelelli era uno de los miembros del equipo de redactores. Pero la sangre no llegó al río.

Siendo obispo auxiliar de Córdoba (1961-1968) marcó una presencia episcopal junto a los pobres y los trabajadores, que le acarreó la crítica del catolicismo tradicionalmente conservador de Córdoba, refractario al proceso renovador que se plasmó en el Concilio. Fue cuestionado por los empresarios católicos de las Canteras de Malagueño cuando concurrió a bendecir las viviendas donde se instalarían una religiosas, exhortando a “ver a Cristo en el rostro de los obreros curtido por la cal”. Peor, su gesto de almorzar con los trabajadores, sin acudir al lugar reservado por los patrones. Su actitud fue recriminada por una de las propietarias, que a su vez era madrina de ordenación episcopal del arzobispo Ramón J. Castellano, ante quien lo denunció por “fomentar la cizaña entre patrones y obreros”. Estos hechos señalan el lugar social en el que el obispo Angelelli eligió ubicar su episcopado, asumiendo íntegramente las consecuencias. Optar por los pobres era “jugarse hasta el martirio”(1) en el fiel cumplimiento de la misión evangélica y eclesial encomendada.

En 1968 la vacancia de la sede diocesana de La Rioja fue ocupada por un obispo conocido por sus opciones y actitudes acordes a la renovación conciliar y su fidelidad a los pobres.

En La Rioja

Las tensiones y los conflictos asumidos en todas sus dimensiones (sociales, eclesiales y políticas), desde sus profundas convicciones y vivencias espirituales, lo acompañaron, hasta terminar “crucificado en uno de esos caminos que tantas veces recorriste, buscando como Cristo a los demás”, como se dijo en sus exequias el 6 de agosto de 1976. Porque su opción se renovó cada día, mientras se marchaba en el camino martirial de la pastoral diocesana.

Esta relación entre su misión de Pastor, su opción por los pobres y las tensiones y conflictos, padecidos en vida y prolongados por tantos años, tuvieron fuertes repercusiones en todos los ámbitos. Hubo definiciones públicas adversas a su pastoral y hasta agresiones violentas, como en 1973, respaldadas por máximas instancias de los poderes políticos y eclesiásticos.

Pero las realidades de persecución y martirio vividas en una provincia pobre del norte argentino por los protagonistas de una pastoral de conjunto que asumió la realidad para transformarla, según los requerimientos de la situación pero también de las orientaciones magisteriales de la Iglesia Católica, estuvieron ligadas a los acontecimientos de la época. No fueron acciones aisladas, ni únicas. Un torrente de justicia las impulsaba desde el fondo de la historia; y su fortaleza debía desarticularse con las fuerzas de las calumnias, represiones y muertes.

Dos hechos sucedieron en el mundo, aparentemente desconectados, que pueden entenderse como el origen mediato del conflicto que acarreará el martirio contemporáneo en Latinoamérica.

En Roma

A nivel eclesial, la realización del Concilio Ecuménico Vaticano II, de 1962 a 1965. En la apertura el Papa Juan XXIII dijo: “la Iglesia…quiere ser…en particular Iglesia de los pobres”. Y al clausurarlo, el Papa Pablo VI expresó: “la Iglesia se ha declarado en cierto modo la sirvienta de la humanidad”. Estos enunciados sobre la razón de ser de la Iglesia, que colocaban otra vez a los pobres en el centro de las escenas, no tuvo conductas uniformes de fidelidad a esas palabras. Pero hubo numeroso grupos y comunidades eclesiales en el mundo, obispos incluidos, que lo asumieron a fondo en sus vidas. Una expresión fundamental fue el compromiso asumido por 42 obispos en las Catacumbas de Santa Domitila, a mediados de noviembre de 1965, pocos días antes de finalizar el Concilio. Entre los firmantes del llamado Pacto de las Catacumbas “Por una Iglesia servidora y pobre” estuvo el joven obispo Enrique Angelelli. El compromiso personal era doble: vivir pobremente, despojándose de los boatos y títulos de herencia medieval, y no poseer bienes inmuebles a su nombre. Pero también convocar a los gobernantes a atender la situación de los trabajadores y empobrecidos, tomando medidas portadora de justicia.

Esta clara y rotunda opción de vida fue encarnada por Enrique Angelelli. Me parece simbólicamente importante señalar un hecho sin trascendencia. Cuando su hermano Juan concurrió a retirar sus bienes personales, el Administrador Apostólico Mons. Rubiolo, sólo pudo entregarle prendas de ropas, algún grabador, máquina de fotos y otros recuerdos familiares, en un listado que no sobrepasaron los 50 objetos, incluida ropa interior. Así quedó certificado en la Curia del obispado riojano. Angelelli no sólo optó por los pobres, sino que asumió en su vida personal la pobreza como virtud, que necesariamente tuvo eco y proyección social.

En West Point

En forma paralela, en 1964, – un año antes de finalizar el Concilio en Roma – los ejércitos americanos, del sur y del norte, se reunieron en West Point, siguiendo los dictados de los Estados Unidos. Allí expuso, el general Juan Carlos Onganía, comandante en jefe del ejército argentino, lo que se conoció primero como doctrina de las fronteras ideológicas, y después evolucionó en la doctrina de la seguridad nacional. En síntesis, se propugnaba que la misión de los ejércitos en estos países no era ya la defensa de las fronteras geográficas, sino las “ideológicas”, en función de la pelea por la hegemonía mundial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética. Lo que debía defenderse era la “civilización occidental y cristiana”, encarnada en el sistema capitalista, en contra del “comunismo”, que propugnaba la eliminación de la propiedad privada. En esa tesitura toda acción que impulsara una mejor distribución de la riqueza y procurara mayores niveles de igualdad social era funcional al comunismo; con los motes que se le fueron añadiendo como “marxismo” o “tercermundismo”.

Los poderes mundiales defensores del capitalismo desarrollaron su accionar para que la Iglesia Católica no llevara a fondo la renovación dinamizada en el Concilio. Y fueron contrarrestándola, con éxito relativo, en los distintos episcopados. En América Latina, no pudieron frenar el impulso del Papa Pablo VI al inaugurar las deliberaciones de la II Conferencia Episcopal Latinoamericana, que se desarrolló en Medellín, Colombia en 1968. Adquirió fuerza el movimiento de las comunidades eclesiales de base, grupos sacerdotales y de religiosas se insertaron en los barrios pobres, y un buen número de obispos, impulsó y acompañó este movimiento a tono con las exigencias del Evangelio de Jesús. En Argentina, también esta corriente eclesial tuvo importante resonancia social en las décadas del 60 y 70, hasta la irrupción del terrorismo de estado en 1976. Una expresión pública fue el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Muchas fueron las víctimas provenientes del ámbito cristiano, que se contabilizan entre los secuestrados, torturados, presos, desaparecidos y asesinados.

Obispo y Pastor

En el caso de monseñor Angelelli existieron además condiciones específicas, que lo constituyeron en el “peligro” mayor, según los escritos de los servicios de inteligencia del Estado y del Ejército, que se anexaron a la causa judicial.

Enrique Angelelli fue obispo de la Iglesia Católica, institución con fuerte arraigo en la sociedad argentina, cuyo poder tuvo mucha incidencia en el devenir social y político de Argentina. Por eso siempre que hubo un golpe militar procuró legitimarse con destacada presencia episcopal. No fue distinto con la instauración del terrorismo de estado en 1976, que tuvo importante acompañamiento de encumbrados arzobispos y obispos argentinos. El Tribunal que juzgó a los responsables del asesinato de monseñor Angelelli dijo: “Repárese que dentro de la lógica de la doctrina de la Seguridad Nacional, Directivas y Reglamentos dictados con motivo de la alegada lucha antisubversiva, la Iglesia Católica era considerada “Propias Fuerzas”, junto con las Fuerzas Armadas, el Gobierno, los partidos políticos no marxistas (ver Anexo III, Directiva 404/75). Siguiendo esta perversa lógica, Monseñor Angelelli había cometido un ‘pecado mortal’, una ‘traición’, pues perteneciendo a una institución tradicional que mostró en muchas de sus autoridades silencio, adhesión y complicidad con el proceso de la dictadura, aquel se mostraba disidente, constituyendo una voz autorizada dentro de la Iglesia no sólo en contra del régimen militar sino en defensa de los derechos de los pobladores riojanos, lo cual lo convertía junto a sus seguidores – desde la perspectiva del régimen criminal – en un enemigo peor”.(2)

En fidelidad al compromiso de vida asumido en el Concilio, la iglesia diocesana optó por la pobreza y se puso al servicio de los pobres. Esa doble opción implicó un cambio de lugar social. La Iglesia católica en La Rioja dejó de predicar una religión individualista y desencarnada, en la que se amparaban los “verdaderos católicos”, y los terratenientes, que sentían legitimados sus privilegios.

Pero además como Pastor, Angelelli en La Rioja no fue el grito solitario de un profeta. Sus mensajes, pero especialmente las acciones pastorales, año a año, despertaron conciencias y promovieron organizaciones populares. La activa participación del laicado en las Jornadas Pastorales, el numeroso “núcleo duro” – llamémosle así -, de sacerdotes y religiosas, que se constituyó a su impulso en el ejercicio real de la “corresponsabilidad”, posibilitó extender en toda la geografía riojana una acción pastoral que trastocó la tradicional pasividad de la alta sociedad riojana, acostumbrada a vivir de la explotación de los pobres de la ciudad y del campo. Y se había sentido “dueña” de la Iglesia, al ocupar los primeros lugares en las instituciones laicales, que el Obispo declaró en estado de asamblea apenas llegó.

El impulso de cooperativas rurales, de sindicatos para trabajadores y trabajadoras más explotados, como los mineros, los peones rurales, las empleadas domésticas o los hacheros, tocaron una de las bases económicas fundamentales del sistema semifeudal, al poner en cuestión la tenencia de la tierra, la propiedad privada y la mano de obra barata. Era la acción de la pastoral diocesana en su conjunto la que debía ser eliminada, al constituirse en un poder social importante capaz de trastocar las bases de los factores de poder local. Por eso La Rioja, donde no existió la presencia de violencia armada por parte de las organizaciones revolucionarias existentes entonces en el país, fue la provincia que mayor número de presos políticos tuvo en relación a su población. Y en su inmensa mayoría, según quedó documentado por la Comisión Provincial de Derechos Humanos, fueron interrogados en las torturas por sus vinculaciones con la pastoral del obispo Angelelli.

Trataron de deslegitimar la raíz evangélica de la pastoral riojana, atribuyéndole ideologías que le eran ajenas. No lo lograron a pleno, porque la potencialidad de la pastoral dimanaba también de la religiosidad popular, que el obispo Angelelli asumió cabalmente, al promover una devoción encarnada en la realidad cotidiana de los empobrecidos. Así quedó demostrado en las celebraciones del Tinkunaco, cada año, como en la Visita misionera del Patrono San Nicolás en 1975 por los pueblos y ciudades del interior provincial.

Desde 1976

Con la instauración del terrorismo de estado en 1976, el Obispo en ejercicio pleno de su rol jerárquico, demandó definiciones y actitudes de sus pares del episcopado, que en su cúpula no fueron consideradas; y sólo tuvieron eco en el grupo de obispos que también se mantuvieron fieles a las demandas urgentes de 1976 en relación a las violaciones de los derechos humanos. Los sectores opositores a la pastoral riojana encontraron en los militares el brazo ejecutor para eliminar al obispo, y con él la pastoral encarnada en tantos y tantas otras y otros que también fueron víctimas de la represión generalizada.

La sentencia de 2014, en el juicio por el homicidio del Obispo Angelelli, explicó las razones de la modalidad elegida del “accidente automovilístico”, en “el significado de la Iglesia para el régimen militar, la posición de la jerarquía de los obispos en la estructura eclesiástica, […] y las repercusiones internacionales. Y en especial: la personalidad y trascendencia del obispo diocesano Enrique Angelelli […]. La postura pública de Monseñor Angelelli hacia la no violencia […], la investidura que detentaba, y la admiración y respeto que le dispensaba la mayoría de la feligresía, impedía a las fuerzas de seguridad implementar con Monseñor Angelelli las clásicas metodologías del plan sistemático” del terrorismo de estado.(3)

La memoria martirial

Merecen valorarse las actitudes de los sacerdotes, religiosas y laicas/os riojanos que venciendo los miedos impuestos por el terrorismo de estado, nunca dejaron de conmemorar el aniversario de las muertes violentas padecidas por monseñor Angelelli, los sacerdotes de Chamical, padres Longueville y Murias, y el laico cooperativista Wenceslao Pedernera. Esta memoria riojana fue ampliándose con peregrinos de Córdoba y otros lugares del país, hasta contar con una destacada participación de obispos latinoamericanos en el vigésimo aniversario.

En ese largo camino el proceso judicial sufrió vaivenes. Pasaron treinta y ocho años para que la verdad del crimen del Obispo, que el pueblo palpitó desde el mismo 4 de agosto de 1976, quedara institucionalizada en el veredicto del Tribunal de un estado democrático, que condenó a dos de los autores responsables: el ex general Luciano Benjamín Menéndez y el ex vicecomodoro Luis Fernando Estrella.

Los jueces también analizaron la conducta de la jerarquía católica: “Sin el apoyo de sus hermanos del Episcopado, los interesados en la desaparición de Angelelli encontraron el momento propicio para ejecutar el plan que terminaría con su vida y con su labor en la Diócesis, sin despertar demasiadas sospechas. Las palabras de Monseñor Angelelli finalmente no se cumplieron: ‘Tienen que matar a un copete colorado para que se den cuenta mis hermanos obispos’. Al morir, se cerró el sumario como accidente de tránsito”.(4)

El juicio logró desarticular las maniobras de ocultamiento de los servicios de inteligencia del ejército, que sirvieron para sostener en el tiempo la postura de las mayorías episcopales, adhiriendo al silencio de las cúpulas eclesiásticas, que por treinta años convalidaron lo actuado por el terrorismo de estado. La verdad de los hechos sin embargo fue viendo la luz gracias al persistente compromiso de laicos/as, religiosas, sacerdotes y al pequeño grupo de obispos, junto a otros sectores sociales, que en cada conmemoración martirial sembraron la esperanza de reavivar la opción evangélica por los pobres. Y tuvo finalmente expresión en la máxima instancia de la Conferencia Episcopal Argentina. El proceso reparatorio se inició en el 2005 cuando era presidida por el cardenal Jorge Mario Bergoglio. Con la creación de la Comisión Ad Hoc “Mons. Angelelli”, encabezada por el arzobispo emérito Carmelo Giaquinta, fue posible la constitución en querellante del Obispado de La Rioja y el aporte de documentación al juicio penal que finalizó en el 2014.

El primer obispo argentino que habló públicamente del “martirio” de monseñor Angelelli, fue Miguel Hesayne, en 1980 cuando recibió a su designado obispo auxiliar, Mons. Carmelo Giaquinta. Su homilía tuvo una importante difusión en los principales diarios de Buenos Aires; y esto motivó una carta del entonces gobernador militar en La Rioja Francisco Federico Llerena al Nuncio Apostólico, para aclararle y recordarle que la muerte de Monseñor Angelelli había sido en un “accidente automovilístico”. Pero ese año, la noticia no tuvo efecto jurídico. Si lo tuvo en 1983, cuando el obispo Jaime De Nevares, de Neuquén invitó por escrito a todos los obispos argentinos a concelebrar la misa en su diócesis en memoria de monseñor Angelelli. Sólo tres obispos respondieron positivamente: Jorge Novak, de Quilmes; Miguel Hesayne, de Viedma, y Marcelo Mendiharat, de Salto, Uruguay. Y dieron a conocer un gacetilla de prensa con los datos conocidos hasta ese momento sobre el asesinato de mons. Angelelli, que provocó la reapertura de la causa penal.

La máxima jerarquía, en cambio, mantuvo una activa actitud negativa. En 1983 al recibir la invitación de monseñor Jaime De Nevares, el cardenal Primatesta anotó en forma manuscrita: “no se contesta! Parece imprudente en sus afirmaciones y fuera de lugar. Y no se aporta al respeto que se debe a la memoria de Mons. Angelelli.” Y subrayó las palabras “palma del martirio”. En esos días fue consultado sobre el mismo tema por el obispo Di Monte. En su respuesta – el 11 de julio de 1983 – el cardenal le contó que con su obispo auxiliar Roldán pensaban “no contestar”. Y en relación al borrador de la carta que Di Monte le enviaría a De Nevares, le dijo: “Me parece bien que la envíes. Yo sólo corregiría un punto en la pag. 2, donde dices que ‘si hubiera alguna prueba concreta tendría que pasarla a la justicia…’, pienso que deberían ser presentadas al Episcopado para que asumiera su responsabilidad e iniciara las acciones que correspondan según justicia…aunque en ese extremo caso si fuera cierto, el Episcopado ahora tendría que hablar de perdón.” (5)

Los sacerdotes riojanos, al finalizar las exequias del obispo muerto, el 6 de agosto de 1976, convencidos que había sido un crimen, pidieron a los arzobispos presentes, que se investigara. Recibieron como respuesta del cardenal Raúl Primatesta, presidente del episcopado: “Vamos a tomar lo del accidente para poder investigar tranquilos”.

Treinta años después, la Asamblea Plenaria del Episcopado escuchó el Informe del arzobispo emérito Carmelo Giaquinta, por pedido del presidente de la CEA, cardenal Jorge Mario Bergoglio: “La CEA nunca pidió formalmente la investigación de los hechos, ni siquiera cuando el Juez de Instrucción, en 1986, declaró que se trató de un homicidio”. Y en el Informe de noviembre de 2008, añadió: “Hay certeza de que no existió un trabajo de investigación sobre la muerte de M. Angelelli encomendado por la CEA a Zazpe”.

En 1987, cuando – después de la resolución del Juez Aldo Morales que calificó de “homicidio” la muerte del obispo Angelelli, – la causa fue en apelación a la Suprema Corte de Justicia de la Nación, el cardenal Primatesta le hizo llegar a su presidente el Dr. José Severo Caballero, la “preocupación de la Comisión Permanente” del episcopado por la resolución que derivaba la causa a la Cámara Federal de Córdoba al entender que se había tratado de un “accidente provocado”, presumiéndose participación militar en el hecho criminal. “El Dr. Caballero no dio muchas muestras de captar la inquietud de los obispos”, informó el entonces secretario de la CEA, obispo José M. Arancibia, que fue recibido por el presidente de la Suprema Corte el 20 de abril de 1988, para tratar el asunto. Hubo después gestiones en Córdoba, ante la Cámara Federal, y una intensa predicación a favor de una “reconciliación” política, que se expresó en la promulgación de las llamadas leyes de impunidad, lo que llevó la calma a la cúpula eclesiástica, a los sectores políticos que las promovieron, y a los servicios de inteligencia que lograron mantener la versión del accidente fortuito.

Sin embargo los distintos factores de poder eclesiástico, civil y militar, que especularon con el olvido y la mentira, palparon la frustración ante la persistencia de los que se empecinaron en evocar la memoria de los mártires, hasta que fue institucionalizándose tanto a nivel social, como judicial y eclesial.

Las huellas de los testigos

Las beatificaciones de los mártires riojanos cobran relevancia en la actualidad. Aquella coherencia y fidelidad pastoral de hace más de cuarenta años, colocando a los pobres en el centro de la misión evangélica, es puesta hoy a la consideración del mundo entero por el Papa Francisco, que ha reiterado la centralidad de los pobres, y sus derechos a la vida en abundancia.

Nuevas tensiones. Medios de prensa, tradicionales voceros de grupos oligárquicos y conservadores, la mayoría de las veces confesándose “católicos”, arremetieron contra la decisión del Papa Francisco de beatificar a Mons. Angelelli y sus compañeros mártires. También algunos obispos eméritos se expresaron cuestionando el fallo judicial sobre el homicidio del pastor riojano. Los pronunciamientos públicos adversos a la beatificación no sólo pretendieron negar la validez de las actuaciones de un poder institucional del estado democrático, escondiendo las simpatías de sus promotores hacia el terrorismo de estado; sino que criticaron la ortodoxia del proceso canónico. Estos cuestionamientos están ligados a la convocatoria del Papa a cuidar la vida de los inmigrantes, de los pueblos originarios, de los niños, de los oprimidos, de la Casa Común; junto a la denuncia de los causantes de las desigualdades e injusticias, y el aliento a la organización de los movimientos populares.

Las beatificaciones por martirio siempre estarán inmersas en realidades de conflicto porque expresan la dinámica de comunidades que bregan por la justicia, la solidaridad y la fraternidad. “Seguramente las beatificaciones en tiempos neoliberales no pasarán desapercibidas. Serán bienvenidas para todas y todos los que apuestan a seguir luchando por la vida, en especial desde donde se sufre mayoritariamente el menosprecio y la injusticia. Y serán criticadas por quienes se sientan cuestionados en la comodidad del individualismo egoísta, por las exigencias de solidaridad derivadas de la condición humana, y de justicia para los interpelados por la fe evangélica”. (6)

Luis Miguel Baronetto

Publicado en el Libro “Reflexiones sobre el martirio en La Rioja y América Latina”. P. Roberto Murall (comp). Ediciones Didascalia. 2019. pp 93-103.

1. Angelelli, E., Homilía del 9 de junio de 1974.

2. Sentencia Judicial, p. 521.

3. Sentencia Judicial, p. 519.

4. Sentencia Judicial, p. 396.

5. Los subrayados pertenecen a la carta mecanografiada del cardenal Primatesta.

6. Revista Tiempo Latinoamericano, N° 104, Año 36, Noviembre de 2018, Córdoba, pp. 19-23.